La Buenos Aires de mis sueños (I)

     Amo a Buenos Aires. Con locura. Un amor tóxico. Un amor sincero. Me gusta caminarla, me gustan sus galerías comerciales semiabandonadas; esos locales que siguen abiertos aunque nadie debe haber entrado a hacer una compra desde los años setenta; esos pasajes que van a ningún lado; el relente a cine de acción y ruidos de juegos electromécanicos que aún se siente en la calle Lavalle; la paz despectiva del Barrio Inglés; el aroma a restorán español que inunda a Balvanera; el refugio de los bosques de Palermo; los recuerdos de mi pasado y el de Borges mezclados en Recoleta... ¿Ya dije que amo a Buenos Aires?

Pero no vine a hablarles de la Buenos Aires real. Esa ya tiene exégetas mucho más duchos que quien escribe. Vengo a hablarles de la Buenos Aires que puebla mis sueños. 

Soy de soñar mucho. Dicen que todos soñamos, solo que algunos lo recuerdan más que otros. En ese caso, recuerdo mucho mis sueños sobre Buenos Aires. Una característica que tienen es que en mis sueños Buenos Aires es parecida, pero no es la misma que la real (obvio) y que esa Buenos Aires es persistente, es decir, que sigue más o menos la misma estructura entre un sueño y otro.

Empecemos por casa. Mi casa es siempre en Palermo, donde nací y me crié (en realidad nací en Barrio Norte, pero los límites son difusos). Mi niñez y adolescencia fue siempre "de este lado de Av. Las Heras" y así es en mis sueños. Ese es mi punto de partida. Es curioso que también sea la zona que menos aparece en mis sueños. En mis sueños eso es "abajo". El mapa de la Buenos Aires onírica tiene el río abajo, Rivadavia al medio y la ciudad transrivadaviana arriba. A la derecha, Belgrano y demás hasta Saavedra. A la izquierda, el centro, La Boca, etc.

No hay muchos detalles de mi barrio, es el menos definido. Es más una sensación de árboles y un límite muy preciso: la Avenida Juan B. Justo (que en mis sueños es siempre una autopista por debajo del nivel del suelo, pero descubierta, una especie de General Paz hundida en un viaducto de 20 metros de profundidad). Mi casa es casi siempre un departamento en un edificio de muchos departamentos. Es un edificio moderno, donde predomina el vidrio y un palier de entrada inmenso (se parece un poco a un departamento en el que viví en Gallo y Córdoba, muchos años después). Sus ascensores son necesariamente kafkianos, nunca llegan al piso correspondiente, arrancan desde un piso al azar y llegan hasta otro, pero ninguno llega desde la planta baja hasta mi hogar. Muchos desembocan en palieres sin puertas, desde donde hay que subir o bajas a otros pisos para tomar otros ascensores. Mi departamento, en particular, viene en dos versiones: departamento gigante, más o menos moderno, de muchas habitaciones comunicadas por amplias arcadas o minúsculo, de madera pesada y sin pulir que se une a otros varios departamentos por amplias arcadas y pasillos laberínticos. No sé qué onda con las "amplias arcadas". 

Ya vendrán otros barrios, en otros sueños.


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